Carla Rippey, 20 años de labor gráfica




Women are the niggers of the world. –John Lennon/Yoko Ono
Los artistas que se obsesionan por un tema nunca se han visto en un espejo. –Delacroix

La carrera de Carla Rippey resulta única porque a lo largo de 20 años de trabajo fue fiel a una idea y mediante esa fidelidad encontró su identidad. Y no, pese a lo que pudiera pensarse no se trata de una identidad unificada y coherente sino contradictoria y, sin embargo, coherente consigo misma.

A pesar de que conozco a Carla desde hace algún tiempo y he visto su obra desde hace 12 años, creo que nunca pude comprender lo que realmente había detrás de ella hasta que hace algunos días me invitó a su estudio para enseñarme la recopilación de años de trabajo gráfico. No quiero decir que tengo la última palabra de lo que expresa todo ese conjunto, pero al menos tengo mi propia versión de los hechos –alimentada en parte por ella- y ahora puedo darle un sentido estético. Esta es mi interpretación de la obra de Carla.

Carla nació en Kansas City y desciende de una familia de pastores metodistas y docentes. Según ella, siempre fue una persona demasiado exótica para el tipo de ambiente en que se movía con su familia, pequeños pueblos y ciudades del centro de los Estados Unidos. Este dato biográfico servirá más adelante para comprender la intención de su trabajo.

Dibujante desde su adolescencia, tuvo la oportunidad de conocer el grabado más adelante en Chile, país al que llegó llevada por su filiación como militante socialista. De esa época conserva algunos grabados en metal y madera que atestiguan su interés por el realismo y por documentar la vida diaria de trabajadores y compañeros de partido.  Aunque se sentía plenamente identificada con su labor gráfica, Carla no era el tipo de persona que se contente con dar una versión de los hechos (mujeres trabajando, hombres discutiendo en una mesa). La realidad de la gente es demasiado dura o demasiado unívoca, habría que dotarla de un elemento extraño que le imprimiera un contraste interpretativo y –¿por qué no?–  decorativo.

Las artes gráficas se prestan de manera especial para añadir elementos, ideas, matices interpretativos, por el hecho mismo de que cada uno de esos capas  se trabaja por separado por medio de placas individuales, piedras o mallas, según el caso del que se trate. Rippey supo darse cuenta de esto inmediatamente y no tardó en incorporar detalles a sus estampas que transmiten un toque de feminidad al trabajo (unas hojas de bambú alrededor de la figura de una trabajadora), pero también comenzó a dibujar en las placas algo más que mujeres trabajando y decidió representar mujeres de otras razas cuya vida y cuerpos han sido marcados por el trabajo: negras, mulatas, indias, mestizas. Este me parece el primer gran acierto de su obra, pues más que hacer algo literal y obvio, Carla descubrió que el carácter de una etnia bastaba para hacer de la estampa un documento social  y que el carácter de documento podía ser abolido al concentrarse en detalles expresivos del cuerpo y el vestido, los cuales hacían de los  grabados algo más agradable e íntimo, sin descuidar el aspecto social de la representación artística. En estas estampas hay impreso un carácter lúdico-sensual, que siempre acompaña a la imaginación de Carla. Pronto hube de descubrir que ésta es tan sólo una parte de la historia.

Carla es madre de dos muchachos: Andrés y Luciano. Los que hemos pasado por la paternidad sabemos el profundo efecto que ésta tiene en la forma en que trabajamos y –en ocasiones– en los temas que nos interesan. Llegar a un país extraño con dos hijos no es la mejor circunstancia para emprender una obra, pero creo que la experiencia fue positiva en cuanto que Carla dejó de ser  sólamente la activista para convertirse en la madre que compartía labores hogareñas con el arte. El dato biográfico es interesante pues de esa circunstancia se deriva en su trabajo la aparición de mujeres que ya no son ajenas a la propia artista; se trata de mujeres de cabello rojo, rasgos caucásicos y mirada fija. Nuevamente podemos apreciar que no se trata de la obvia representación de la ama de casa sino de mujeres en un entorno íntimo rodeadas de detalles ornamentales sugerentes (una bata decorada con flores, sábanas estampadas). Carla llama a estas mujeres “sus brujas”, mujeres marginadas por el color de su piel y pelo que fueron perseguidas en Estados Unidos en el siglo XIX.

Publicado en Sábado de Unomásuno el 24 de agosto de 1991

Xilografías de Gustavo Monroy





El Museo Nacional de la Estampa presenta dos exposiciones de sendos artistas mexicanos que han dedicado parte importante de su carrera a las artes gráficas. Me refiero a Gustavo Monroy, conocido por su trabajo gráfico –dibujos y xilografías. Desde que en 1988 vi sus xilografías de gran formato en la exposición Autorretratos Religiosos, establecí un vínculo  entre la obra de Gustavo Monroy y Philip Bragar por la sencillez y comunidad de temas existentes entre ambos. Hoy lo veo confirmado en una obra de Monroy dedicada a Bragar, que constituye un buen homenaje porque reconoce una influencia y a la vez la trasciende.

El trabajo que presenta Gustavo ofrece un cambio en la temática, pues ya no se trata del dolor y penitencia en vida, sino de la condena y expiación que conlleva a la muerte antes de la resurrección (tema del ensayo de Xavier Moyssen publicado en el catálogo). Mas no sólo se trata de un cambio temático sino también de una depuración de medios. La sinceridad del primero conlleva también la utilización más precisa de los segundos.

Las 17 obras que forman la exposición fueron impresas por el artista en su propio taller mediante una prensa hecha ex profeso para la tarea; una prensa que da cabida a planchas de madera de pino de 160 x 115 centímetros. El porque de este formato tan inusual tiene que ver con la intención de recuperar para el arte gráfico –particularmente la xilografía- algo de las características de la pintura reciente como puede ser la monumentalidad expresionista (opuesta a la individualidad de la estampa popular mexicana), el gusto por trazo amplio y hasta cierto grado el acabado  y el espacio negativo que acentúa la característica propia de la de la plancha de madera.

Además del problema de la prensa, Gustavo ha tenido que encontrar soportes que se adecuen al formato. Para resolver esto ha recurrido a un paño o tela sintética utilizada en la industria textil como forro de vestimentas y, al papel japonés hecho a mano, que le permiten acdecuar la estampa a las dimensiones del trabajo, sin necesidad de seccionar la impresión como solía hacerlo con su obra anterior.

Como artista e impresor de su propio trabajo, Monroy ha dedicado minuciosa atención a ambas facetas del proceso, lo que le permite obtener una factura muy personal en su obra. Ha combinado el concepto de línea única propio del grabado en madera –técnica muy utilizada en los siglos XV y XVII por Schonauer y Durero- con el bajorrelieve en madera al hilo, que también practicaban las culturas primitivas y que tanto influyo a la gráfica de Gauguin y Munch. Utilizando simultáneamente un dibujo positivo y negativo sobre la plancha, Monroy ha dotado a sus imágenes un carácter terriblemente juguetón, que acentúa con el uso de sellos de goma muy pequeños utilizados al azar en la composición.

Hay también en su obra algunas sofisticaciones en el proceso de entintado como es el hecho de limpiar ciertos detalles de la plancha donde se ha concentrado la plasta de tinta para dejar ver la veta de la madera y transmitir la sensación escultórica del trabajo.

Dos de las xilografías presentes en la exposición corresponden a los estados I y II de la misma imagen: una modelo desnuda. En ambos casos las estampas responden a una intención de registro de manufactura de la obra y como obra en sí. Como en el caso de Philip Bragar, es muy probable que Monroy esté más interesado en conservar la plancha en madera como un bajorrelieve que como un molde de obra gráfica.
El tríptico Reencarnación –una pieza impresionante por el simbolismo de las imágenes- muestra un rico trabajo de contornos que nos remiten a expresiones y técnicas populares (como sucede con las calaveras de José Guadalupe Posada), a la línea continua que usaran los artistas europeos de mediados y fines del siglo pasado (Vallotton y Beardsley) y a las siluetas recortadas y embozadas de Emil Nolde.

Al observar las obras de Gustavo Monroy, resulta sorprendente comprobar que la solución a problemas de la gráfica no radica en la complicación o en el buscar una solución forzada, sino en la sencillez y espontaneidad con que se adecuen los medios a la estampa.

Publicado en Sábado del periódico Unomásuno  el 21 de julio de 1991

Helen Escobedo. Reflexiones en torno a la basura

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El papel del Estado

Las sociedades occidentales tratan a los objetos artísticos como una mercancía más. Artistas y galeristas trabajan en conjunto para producir objetos y eventos que pueden ser vendidos o distribuidos de acuerdo a las leyes vigentes. A pesar de que vivimos en una economía controlada por el Estado, el mercado del arte funciona como una subsidiaría de la institución pública, específicamente de los museos y las políticas de promoción adentro y fuera del país.

Durante el siglo XX el Estado ha desempeñado dos funciones básicas muy diferentes una de la otra pero relacionadas. La primera, propia de los Estados nacionalistas y hegemónicos, ha sido la de actuar como conductor de una estética artística nacionalista y folclorista. Ambas cayeron en desuso conforme desaparecieron las condiciones políticas que le dieron origen. En segundo lugar se encuentra la función del Estado como creador de condiciones para que se produzca una actividad artística-económica rutinaria. Esta función se ejerce a diferentes niveles y con distintos medios, pero básicamente podemos ubicarla en tres esferas: la patrimonialista, la fiscal y la de promoción de difusión.

Los productos artísticos ocupan diferentes clases de acuerdo al tipo de propiedad que les asigne el Estado a través de las leyes. El derecho básico –la propiedad privada- es el monopolio que tiene una persona física o moral sobre la posesión física del artefacto. Al vender una obra el artista cede su derecho de posesión al comprador, en el caso de otras artes donde no existe un objeto de por medio sino una presentación (danza, teatro, etcétera) o un conjunto de ideas (un libro o una película), en estos casos el artista vende la propiedad intelectual, el usufructo de su obra.

En el caso de la propiedad el primer problema al que el Estado administrador se enfrenta es establecer la legislación que regule la venta tanto de objetos únicos como la de los reproducibles. Aunque de manera general está establecida la propiedad privada y pública del arte, los matices que ésta implica para las artes no han quedado completamente dilucidados en la legislación vigente. Un ejemplo: en el caso de las falsificaciones la ley mexicana tiene establecida la figura de fraude, pero ésta se aplica a documentos comerciales (papel moneda, cheques, etcétera) y documentos de índole oficial, no existe un capítulo específico sobre las falsificaciones de obras artísticas únicas.

Durante la exposición homenaje a Rufino Tamayo por sus 70 años de actividad, me tocó estar presente por casualidad en el momento en que el pintor y Raquel Tibol retiraron una pequeña pintura, atribuida al maestro, por considerarla una falsificación. El cuadro pertenecía a una colección particular y fue prestado al Museo Tamayo para el evento. Hasta donde sé ni el pintor ni las autoridades responsables entablaron una demanda para castigar el plagio y este delito no es perseguido de oficio.

Las políticas fiscales del Estado suelen ser otro factor determinante en la producción artística. Amparos y abusos en el llamado pago en especie han caracterizado la relación entre la Secretaría de Hacienda y los productores plásticos. A raíz de que el ordenamiento fiscal más reciente obliga a los artistas a darse de alta como causantes (sin adjetivos) sin conceder deferencia alguna sobre otros profesionales, organizaciones de artistas como la Somart reaccionaron y se ampararon para evitar el pago de impuestos en los nuevos términos que fija la ley.

Recientemente el Instituto Mexicano de Derecho de Autor (IMDA) anunció haber llegado a un acuerdo con Hacienda. El acuerdo, no obstante, sigue teniendo serias deficiencias pues se habla de otorgar créditos fiscales a quienes tuvieran ingresos por más de nueve salarios mínimos –el límite de la miseria- sobre el monto de sus ganancias netas, es decir, ya deducidos del total de ingresos todos los gastos comprobables y autorizados; sin embargo para aquellos artistas que obtienen más de nueve salarios mínimos pero que no llegan a facturar decenas de miles de pesos por concepto de ingresos, el pago de impuesto sigue siendo una carga tan onerosa como elaborado es presentar cuatro declaraciones anuales. En otras palabras se concede la exención a artistas que viven por debajo del nivel de la miseria y se otorgan créditos fiscales a artistas que obtienen sumas multimillonarias.

Los artistas plásticos están exentos del pago del IVA, pero los impuestos que paguen en especie, es decir con cuadros, esculturas o lo que sea, están sujetos a un peritaje comercial que frecuentemente sitúa el valor de las obras por debajo de la oferta comercial. Una vez entregadas al Estado las obras son comercializadas al Estado las obras son comercializadas a su valor de mercado, lo que en no pocos casos debe reportar una jugosa ganancia a Justino Morales.

La tercera esfera sobre la que el Estado tiene influencia directa es aquella que toca lo relacionado a la difusión de las artes. En México el Estado detenta la propiedad de la mayoría de los medios de prooción como lo son museos, galerías y casas de la cultura. Originalmente creados para promover el conocimiento de los valores de la cultura nacional y universal, los medios de exhibición no cuentan en sus órganos directivos con la presencia de artistas que tengan voz y voto en la determinación de sus políticas, sobre todo en esta época de apertura democrática.

Resulta ocioso recordar los devastadores efectos que tuvo la política nacionalista del Estado sobre los foros y espacios culturales a partir de la segunda mitad del siglo. Esta experiencia debería ser suficiente para evitar la entronización de escuelas o autores en los recintos oficiales, como ha sucedido con la tamayización de la Bienal Tamayo en sus recientes ediciones.

Particularmente en nuestro país el monopolio estatal sobre los programas de apoyo a las artes y la conservación del patrimonio ha sido desafortunado cuando no trágico (recordemos el sexenio lopezportillista). En contraste, son muy escasas las instancias privadas que han hecho algo por la difusión de las artes a nivel regional, nacional o internacional.

Existen escasas colecciones institucionales, programas casi secretos de becas de educación y producción, lo que demuestra hasta qué punto la iniciativa privada y los mismos productores plásticos han visto en el Estado la única vía para promover algunos tipos de arte y cierto concepto de cultura. Si bien las instituciones académicas han tenido logros en el estudio, discusión y exhibición de las artes plásticas, también es cierto que han sido desbordadas por la prolijidad creativa de las últimas décadas, sobre la cual han generado poquísima bibliografía.

Así las cosas, cabe pensar que lo más conveniente es la descentralización (cuando no la desintegración) del aparato cultural del Estado, de manera que los presupuestos dedicados a la promoción de las artes, como el del INBA –que en 80 por ciento se destina al pago de nóminas– pudieran encauzarse al pago de derechos de exhibición pública a los creadores y a la digna exhibición del trabajo hecho por los artistas, sabidas las carencias que muchos recintos enfrentan en este aspecto.

La labor del Estado debe ir acompañada del trabajo de la sociedad civil, en la organización de condiciones idóneas que faciliten la pluralidad en la creación, la igualdad de acceso para públicos distintos, y el apoyo a la creación de manera constante y sostenida.

Publicado en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno el 20 de abril de 1991.

El mercado, lugar mítico

No hace mucho tiempo escuché en boca de una galerista la afirmación de que en México el mercado del arte no existe. Se trata obviamente de un decir porque es evidente que de una u otra manera aquí se venden obras o firmas. Tarde o temprano los artistas que persisten llegan a encontrar quién compre su trabajo, no sin antes pasar por sus épocas de vacas flacas, como le sucede a cualquiera que trabaje por su cuenta y desee vivir de ello.

Lo que creo que esta experimentada galerista quiso decir es que no existen condiciones estables en el consumo artístico que permitan prever en el corto y mediano plazo lo que los compradores consumirán. La afirmación también se deriva por contraste con el conocimiento de lo que sucede en otras capitales del mundo del arte, donde sí existe una demanda constante de productos artísticos acorde a los distintos modos de producción vigentes.

El mercado como un lugar donde coinciden productores, distribuidores y consumidores sí existe como tal, pero los criterios que prevalecen en él son producto de mitos difíciles de compatibilizar con un criterio artístico-comercial. No obstante, para cualquier persona que haya tenido una experiencia considerable en el mercadoes evidente que los mitos también venden y venden más.

El producto artístico guarda similitud con los valores financieros; cualquier rumor o noticia que se produzca fuera del ámbito económico –en este caso artístico- afecta su cotización y por tanto su demanda. Un ejemplo, recientemente se ha extendido la absurda creencia de que la pintura al óleo es más valiosa que la elaborada con acrílico por el simple hecho de la diferencia en el material usado por el artista. Obviamente este rumor afecta a los sectores que menos conocimiento tienen sobre la reflexión artística y sus productos. Son estos compradores los primeros en sufrir reveses cuando su inversión no produce los réditos esperados, y son los primeros en retirarse del mercado. Digamos que éste tipo de clientela no forma parte orgánica del mercado, son puramente inversionistas y podrían comprar cualquier otra mercancía: oro, acciones de teléfonos o bienes raíces.

Otro mito frecuente es establecer jerarquías de plusvalía entre los distintos géneros artísticos. El dibujo, la fotografía y la gráfica son víctimas frecuentes de ese tratamiento despectivo por parte de compradores guiados por un criterio inversionista. La plusvalía que tanto interesa a este tipo de consumidores radica en la unicidad de la mercancía, fomentada por el énfasis que pone la crítica y la historia del arte en este aspecto. Sin embargo, el verdadero coleccionista –aquel que además de gastar dinero invierte tiempo en adquirir conocimientos con los cuales desarrollar un gusto por cierto tipo de arte- se habrá percatado de que tanto la fotografía como las artes gráficas y el dibujo han seguido una trayectoria histórica propia con resultados singulares y ajenos (no siempre) a los de otras ramas de las artes visuales.

En el caso de la fotografía es perfectamente discernible la trayectoria tan propia que ha seguido este género, que inclusive ha llegado a influir directamente sobre corrientes pictóricas: Francis Bacon o David Hockney, por mencionar algunos, son coleccionistas de instantáneas fotográficas. Si lo que el comprador busca es la razón primera –el origen- de una propuesta estética no podrá desdeñar fácilmente la ascendencia de lo gráfico sobre lo pictórico y lo escultórico. Pero cuestiones como estas escapan al comprador que se deja guiar por lo decorativo o por el uso del arte como símbolo de estatus.

Hasta aquí he presentado desviaciones que se producen en la parte consumidora, pero la parte distribuidora también contribuye a mitificar el arte y su consumo. Medios legítimos para promover el conocimiento del trabajo de un artista, como son las exposiciones en museos o las subastas funcionan también para distorsionar el mercado. La exposición de obra en recintos particularmente famosos eleva innecesariamente el valor de la misma haciendo creer a los poseedores o potenciales compradores que el trabajo de tal o cual autor resulta más valioso debido al gran número de personas que lo ha visto. Casos recientes y conocidos son los del pintor estadounidense Andrew Wyeth y los Van Gogh subastados. Esta estrategia se da crecientemente en el arte de artistas jóvenes que aunque han sido beneficiados por la gran atención que ha puesto el mercado en sus obras, eventualmente resultará afectado negativamente pues en gran medida el precio de una obra se sostiene por el trabajo subsecuente que la confirma como parte de una producción de largo aliento.

De lo dicho podríamos concluir que el mercado saludable –aquel que el arte mexicano no llega a conocer aún – requiere de un complejo sistema de coordenadas cuya clave principal es el análisis y la información. Un mercado desinformado funciona arbitrariamente hasta llegar a la autodestrucción.

En lo personal creo que la manera de apuntalar un mercado para que tenga un futuro estable debe ser tarea de productores, críticos y galeristas, quienes mediante conferencias, debates, exposiciones y publicaciones llenen el vacío de información que existe entre oferta y demanda de manera que arte y mercado caminen paralelamente.

Publicado en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno el 23 de marzo de 1991

La U. Iberoamericana organiza el 8 y 9 de abril una serie de conferencias bajo el tema Galerías de Arte Contemporáneo: Distintas Opciones, con temas como el mercado del arte, el papel del Estado y las galerías en la promoción del arte, etcétera. Informes al teléfono 570-7996.

Todo sereno; artistas hijos de la ciudad

Quienquiera que sea el responsable del título de esta exposición –quizá producto de una decisión de conjunto- debiera ser criticado por su corta visión ya que la influencia de la urbe en le arte de los aquí presentes no ha sido tan literal como en los principios de los años 80.

Hace una semana, en otra conferencia organizada por Guillermo Santamarina en torno al trabajo de artistas que también trabajan en esta megalópolis señalamos la influencia de la calle, entendida como la realidad circundante, en el tema y forma del trabajo plástico, pero creo que nos quedamos cortos.

La ciudad se deja sentir no sólo en su arquitectura, mecanización, contrastes sociales o materiales sino primordialmente en la rapidez o velocidad que imprime a nuestra vida y la forma en que captamos la realidad y nos adaptamos a ella.

El artista citadino contemporáneo no se contenta con la cita literal de la vida citadina, le es imperativo concretar y sintetizar su expresión para lograr una inmediatez con sus espectadores. Dada la gran cantidad de estímulos, imágenes y sucesos que se abalanzan sobre los “hijos de la ciudad” es indispensable que el arte deje de lado elaboraciones formales demasiado barrocas (como aquellas derivadas de la fotografía de luchadores, muy respetable esta propuesta pero no sus variantes pictóricas) que ahogan un tema con su retórica machacante, obvia y sentimentaloide. Tanto el público como el creador requieren de una focalización que vaya al grano y deje el documental social para otros medios más aptos en esta tarea.

Los que vivimos en la ciudad nos hemos acostumbrado a la rapidez y especialización con que suceden los fenómenos. Esto no necesariamente significa que nos inclinemos por el análisis somero de la realidad. Quiero subrayar estos dos conceptos, el de la rapidez y la direccionalidad porque son estos aspectos los que se nos escapan cuando hablamos de la forma de reflexionar de los artistas citadinos.

Podríamos identificar la rapidez –como lo hizo Italo Calvino- con Mercurio, dios de la antigüedad clásica, relacionado con la velocidad, la levedad, la astucia, la agilidad y la adaptación. Mercurio o Hermes es el dios que simboliza –con sus pies alados- la libertad y que además servía de puente entre los humanos y los dioses, entre las leyes universales y el destino individual. Mercurio es el vínculo entre los objetos de este mundo y los sujetos pensantes.

Más que contemplativos o melancólicos los artistas chilangos manifiestan con agilidad una serie de matices significativos de su realidad, aunque es imposible encerrar el trabajo de estos artistas en una sola interpretación literal de la vida en ciudad. En contraste con su agilidad mercurial para empaparse de la realidad y codificarla, está su arraigo telúrico a las fuerzas invisibles que hacen que la ciudad permanezca en constante ebullición. Los artistas están sintonizados a una realidad que los hace conscientes de su devenir individual y social y de la necesidad de encontrar en la ciudad el material y oficio que arraiguen los contenidos de su obra. De aquí que sus expresiones sean tajantemente sencillas, porque material de soporte y contenido expresivo se vuelven una sola cosa.

Si bien la ciudad y su constante latir lleva algún registro de los hechos que se producen en ella (principalmente por medio de los medios masivos), no se puede comparar este con la velocidad de reflexión y creación artística que no siempre guarda una correspondencia directa con la de los sucesos citadinos, ni puede colocarlos en una perspectiva meramente informativa.

El arte chilango resulta interesante como lenguaje abierto hecho de una superposición de metalenguajes, y como vehículo de la actitud de sus productores. pero no por el uso que se le pueda dar para explicar una realidad urbana. La velocidad del razonamiento artístico no sustituye a la explicación sociológica; por el contrario, la obra artística comunica un sentir particular que se deriva de esa misma rapidez con que una pintura, escultura u objeto nos transmite todo un conjunto de ideas y sensaciones.

Publicado en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno el 16 de marzo de 1991

Todo sereno; siete artistas hijos de la ciudad, está abierta al público en el IFAL, Río Nazas 44, Colonia Cuauhtémoc.

Espacios Alternativos: Oportunidad y oportunismo

Recientemente tuvo lugar en la Universidad Iberoamericana el ciclo de conferencias titulado: Galerías de Arte Contemporáneo: distintas opciones. Como moderador de una de las cuatro mesas seleccioné el tema que sirve de título a esta columna por considerar indispensable el análisis del trabajo de una serie de galerías que con distinta fortuna y medios se han convertido en canal de difusión y promoción para artistas no conocidos y otros ya establecidos.

El primer punto que creí necesario aclarar fue el de definir lo que es un espacio alternativo pues parece que el término encierra una retórica inexacta. Mónica Mayer, una de las ponentes, matizó el calificativo alternativo al señalar que la galería que ella y su pareja Victor Lerma dirigen (“Pinto mi raya”) es una galería de autor en la que las tareas organizativas recaen sobre todos y cada uno de los artistas que participan en las exposiciones. En el caso de Los Talleres, A.C., José Lever indicó que el término alternativo no se aplica a este espacio desde el momento en que se cae en la cuenta de que la promoción cultural y artística no está enfrentada con lo mercantil.

La mayoría de los espacios manejados por artistas tienen contemplado como un medio de sobrevivencia la venta de obra y el cobro de una comisión, como corresponde a cualquier galería comercial. En cualquier caso es obvio que la noción de lo alternativo como signo de marginalidad o resistencia que se tenía en los ’60 y ’70 ha desaparecido por completo.

En el caso del mercado artístico mexicano lo alternativo está ligado estrechamente a las formas de producción del arte y no siempre a los canales de difusión. El arte efímero, la instalación, el performance son en nuestro medio expresiones que contadas veces se presentan en recintos oficiales o lucrativos y son lo que por contraste con lo establecido se considera alternativo.

El Convento del Desierto de los Leones o el abandonado edificio Balmori se volvieron espacios alternativos cuando albergaron la exposición homenaje a Joseph Beuys o la llamada Toma del Balmori, respectivamente. Podríamos decir que no existe el espacio alternativo per se, sino propuestas estéticas atípicas creadas para lugares específicos.

Milagros Huerta, directora de la galería A Negra, declaró que su trabajo de promotora se mueve entre lo alternativo y lo comercial. En primer lugar porque trabaja exclusivamente con los miembros de una generación –los nacidos en los años 50–, lo que significa seguir una línea específica y coherente, pero a diferencia del trabajo alternativo el objetivo primordial es la promoción del artista a través de las ventas de su trabajo y el sostenimiento de la galería con las ganancias procedentes de las comisiones que cobra a los artistas. Este último aspecto nos sirve para demarcar una característica de la práctica alternativa. Espacios como Los Talleres, El Salón de los Aztecas y La Quiñonera, no dependen de la venta para sostenerse, sino de los subsidios que reciben en forma de donaciones, trabajo voluntario de los artistas y adquisiciones esporádicas de coleccionistas.

Al hablar de oportunidad y oportunismo fijé dos extremos para calificar la labor de estos espacios. Creo que para que un espacio autogestivo constituya una oportunidad para un artista que desea ingresar al mercado, lo primero que debe demostrar es su constancia y coherencia. Estas y una organización definida dan credibilidad y viabilidad a un espacio para convertirse en una alternativa para mostrar temas y formatos diferentes. Desafortunadamente un factor que caracteriza muy a menudo a los espacios alternativos es la ausencia de una organización profesional. En una época neoliberal como la que nos ha tocado vivir, resulta ocioso tratar de alterar con el sistema cuando sólo se trabaja fuera de parámetros existentes. El lema “menos Estado más iniciativa privada” (habría que añadirle iniciativa grupal y gremial) debiera ser válido tanto para el ámbito económico como para el cultural. La organización de un colectivo con reglamento y miembros fijos lleva a profesionalizar el trabajo, y permitiría abrir el campo para otros pudieran sumarse a la alternativa.

Oportunismo sería trabajar permanentemente sin proyecto claro enunciado, trabajar intermitentemente con fines de lucimiento y lucro personales, o trabajar lo mínimo para ganar dinero fácil. Son éstas las actitudes que hay que desterrar de los espacios propositivos para que sean reconocidos por sus frutos.

Al referirse a la selección de la obra y los artistas Guillermo Santamarina, que ha trabajado como curador en varios espacios señaló que el mercado –los coleccionistas- es el principal factor que determina la colocación de un artista en la cúspide del sistema artístico. La crítica y la promoción oficial son factores de segundo orden. No obstante, al referirse a su trabajo indicó que lo primordial para escoger la obra es la capacidad de esta para servir de memoria de una reflexión filosófica. En ese sentido, el curador alternativo no busca la obra por el atractivo que pueda ejercer sobre el posible comprador, sino por su potencial poético y conceptual. “El mercado –señaló- es a fin de cuentas solamente una agenda”.

Finalmente, Aldo Flores, líder del Salón des Aztecas, señaló lo que a su parecer es la contribución más importante de los espacios propositivos al mercado artístico: Estos espacios han venido a aflojar las bisagras de un sistema artístico ensimismado en sus propios juicios y esquemas de promoción. Los espacios manejados por los propios artistas han convocado a la participación de una numerosa generación de artistas que no tenían cabida en los espacios preexistentes. Y, como refilón, han propiciado el conocimiento y convivencia de los artistas entre sí.


Publicado en el Suplemento Sábado del periódico Unomásuno el 23 de febrero de 1991.